No resulta fácil resumir en pocas líneas la relación que une a Valme y Dos Hermanas. Suele decirse, a modo de tópico, que «Valme es Dos Hermanas y Dos Hermanas es Valme». Hasta ese punto se identifican –como eterno binomio– la Virgen y su pueblo, pues la historia de amor que los une es ciertamente especial, constante y profunda. Como la de una Madre con sus hijos. Porque, siendo una imagen sagrada, la Virgen de Valme es mucho más que eso para las mujeres y hombres nazarenos, que la tienen como Celestial Protectora. Ella encarna la esencia misma de esa colectividad que, generación tras generación, ha sabido mantener con absoluta fidelidad un amor con mayúsculas hacia la Madre común; amor que los nazarenos han transmitido de padres a hijos, renovándolo con inusitada fuerza y esplendor a lo largo de los siglos.




Valme y Dos Hermanas son inseparables, como alguien escribió una vez con notable acierto. En una «ciudad dormitorio» como lo es actualmente la antigua villa nazarena, con más de 140.000 habitantes venidos en su mayoría de otros lugares, Valme es sin duda la seña de identidad más robusta y arraigada, el nexo de unión que imprime carácter y unifica a la ciudad en torno a historia, tradición, sentimientos, emociones y religiosidad. En una población tan compleja, variada y dispersa, que ha crecido a pasos agigantados durante las últimas décadas, es el gran signo de identidad común, que da sentido de unidad a nuestro pueblo y constituye, en definitiva, su principal referente simbólico. Así, el nombre de Valme es reconocido fuera de nuestros límites como algo que se empareja indisolublemente con Dos Hermanas. También, Valme es el precioso lazo de unión de aquellas personas que, por motivos muchas veces no deseados, tuvieron que abandonar la ciudad en algún momento. Y en torno al tercer domingo de octubre siempre vuelven para revivir, sentir y recordar sus más hondas experiencias como nazarenos junto a su singular Valedora.
Este amor fraguado a lo largo de casi siete siglos cristalizó en la creación de la Romería, como la más perfecta ofrenda que los nazarenos han conseguido hacer a la Señora de Valme. Desde finales del siglo XIX, la historia del amor a Valme es en buena medida la historia de su ya centenaria Romería, que renace cada año en torno al valimiento de María y nos trae el recuerdo renovado de esas grandes páginas que, a lo largo de la historia, ha escrito el pueblo de Dos Hermanas para su Reina, Madre y Protectora.
Es, precisamente, este último título el que refleja la primacía devocional lograda por la Virgen de Valme desde su traslado definitivo a la Parroquia de Santa María Magdalena, que casi podríamos decir que fue forzado por el amor de su pueblo, pues los nazarenos necesitaban tener a su Madre cerca, a diario junto a ellos, y no distante en el Cortijo de Cuarto, donde radica su primitiva casa. A partir de entonces, la Señora tuvo un santuario indestructible, formado no por piedras históricas, sino por piedras vivas: los corazones de sus hijos e hijas de Dos Hermanas, que acabaron proclamándola como Especial Protectora en el año 1897, por iniciativa del Ayuntamiento nazareno, a propuesta del entonces alcalde, Francisco Ávila Ramos.
Así se consolidó una fecunda relación entre la Virgen y el Municipio, que décadas después trataría de honrarla también con el título de Alcaldesa Honoraria y Perpetua, finalmente frustrado por circunstancias políticas que no viene al caso reseñar. En cambio, sí pudo proclamarla Patrona de la Excma. Corporación Municipal, por acuerdo unánime del Consistorio adoptado el 17 de agosto de 1964 y hecho efectivo el 31 de mayo del año siguiente, día en el que entonces se celebraba la fiesta de Santa María Reina. Y para perpetuar este nombramiento, entre otras ofrendas, el Ayuntamiento presidido por Antonio Muñoz Rivero acordó levantar en su honor un Monumento en la popular «Plazoleta» –la plaza de Menéndez y Pelayo–, que fue inaugurado solemnemente por el cardenal Bueno Monreal en octubre de 1970.



Poco después, el pueblo de Dos Hermanas recibía con extraordinario gozo la noticia de la Coronación Canónica de su Virgen, el acontecimiento más importante de toda esta historia, logrado no sin esfuerzo, que se hizo patente en la hermosa presea donde quedaron prendidos para siempre los anhelos, fervores y plegarias de todos los nazarenos, quienes contribuyeron con generosas donaciones a hacer realidad esa corona soñada.
Mas la historia de ese amor que vincula perpetuamente a Dos Hermanas y Valme ha seguido escribiendo páginas bellísimas en las postrimerías del siglo XX y en los albores del XXI. No es posible mencionarlas aquí todas, pues son incontables las muestras de devoción de los nazarenos hacia su Madre, tanto día a día con las continuas visitas a su capilla como en la anual Romería y en ocasiones extraordinarias (peregrinaciones a Cuarto en junio cada siete años, procesiones conmemorativas de la Coronación, etc.). Baste recordar ahora que, en 1994, se celebró el Centenario de la primera Romería de Valme, con cuyo motivo el Ayuntamiento de Dos Hermanas, por unanimidad de todos los concejales reunidos en el Pleno municipal, acordó otorgar a la Virgen de Valme la Primera Medalla de Oro de la Ciudad, que le fue impuesta por el alcalde, Francisco Toscano Sánchez, el 14 de octubre de 1995.
Poco después, el pueblo de Dos Hermanas recibía con extraordinario gozo la noticia de la Coronación Canónica de su Virgen, el acontecimiento más importante de toda esta historia, logrado no sin esfuerzo, que se hizo patente en la hermosa presea donde quedaron prendidos para siempre los anhelos, fervores y plegarias de todos los nazarenos, quienes contribuyeron con generosas donaciones a hacer realidad esa corona soñada.
Mas la historia de ese amor que vincula perpetuamente a Dos Hermanas y Valme ha seguido escribiendo páginas bellísimas en las postrimerías del siglo XX y en los albores del XXI. No es posible mencionarlas aquí todas, pues son incontables las muestras de devoción de los nazarenos hacia su Madre, tanto día a día con las continuas visitas a su capilla como en la anual Romería y en ocasiones extraordinarias (peregrinaciones a Cuarto en junio cada siete años, procesiones conmemorativas de la Coronación, etc.). Baste recordar ahora que, en 1994, se celebró el Centenario de la primera Romería de Valme, con cuyo motivo el Ayuntamiento de Dos Hermanas, por unanimidad de todos los concejales reunidos en el Pleno municipal, acordó otorgar a la Virgen de Valme la Primera Medalla de Oro de la Ciudad, que le fue impuesta por el alcalde, Francisco Toscano Sánchez, el 14 de octubre de 1995.




También, en 1987, fue erigida la parroquia de Nuestra Señora de Valme y Beato Marcelo Spínola, en el barrio de La Motilla, llegando así hasta la periferia de la ciudad el bendito nombre de Nuestra Madre, que además quedó unido en el nuevo templo al del santo prelado hispalense que aprobó su nombramiento como Especial Protectora de la villa nazarena.
Una mención especial merecen aquí las hermandades y cofradías de Dos Hermanas, en cuyo patrimonio está también muy presente la Virgen de Valme: simbólicamente, a través de la representación de la Ermita de Cuarto, en las bambalinas de la Virgen de la Estrella; en la delantera del palio de María Santísima de la Esperanza, en el gloria del palio de Ntra. Sra. del Amor y Sacrificio, en el frontal de los respiraderos de la Virgen de los Dolores, en los de María Santísima del Mayor Dolor, en la trasera del paso de misterio de la Amargura… E incluso acompañando en su caminar al Bendito Simpecado de la Hermandad del Rocío…
Y así, día a día, momento a momento, gracias a la devoción constante de los nazarenos y nazarenas, se sigue construyendo y engrandeciendo esa eterna historia de amor que une para siempre a Dos Hermanas con su Reina, Madre y Protectora, la Santísima Virgen de Valme.